
En un escenario de cambios estructurales y competencia feroz, la televisión sigue ocupando un lugar central en el ecosistema audiovisual. El Informe Anual 2025 de Barlovento Comunicación deja una conclusión clara: el televisor, en todas sus formas, continúa siendo el dispositivo dominante, aunque el modelo económico que lo sostiene atraviesa tensiones cada vez más evidentes.
El dato más contundente es el alcance. A lo largo de 2025, prácticamente toda la población consumió contenidos en televisión: 47 millones de espectadores únicos, lo que equivale al 99,8% del universo medido. Esto confirma que, lejos de desaparecer, la televisión amplía su huella, incluso en un contexto saturado de plataformas, redes sociales y dispositivos móviles.
Sin embargo, el consumo ya no es el mismo. La televisión tradicional pierde tiempo de visionado —284 minutos diarios por espectador— mientras crece el uso híbrido del televisor, impulsado por smart TVs y acceso a internet. Este consumo “no lineal” ya representa una cuarta parte del total, con 54 minutos diarios por persona. La pantalla sigue siendo la misma, pero su lógica cambió: ahora conviven broadcast, streaming, gaming y navegación.
Este corrimiento también es generacional. La televisión lineal envejece —edad media de 58 años— mientras que el consumo híbrido se concentra en audiencias más jóvenes, con una media de 43 años. El fenómeno no implica una sustitución inmediata, sino una convivencia que redefine hábitos y estrategias de programación.
Aun así, la televisión tradicional mantiene un activo clave: su capacidad de concentración de audiencia. Incluso en un ecosistema fragmentado, el prime time sigue reuniendo cifras difíciles de igualar por otros medios. Aunque cayó respecto a la última década, el tramo más competitivo del día sigue convocando cerca de 11,7 millones de espectadores diarios. En un mercado atomizado, ese volumen sigue siendo oro para los anunciantes.
Y ahí aparece la principal contradicción del sistema. Mientras el consumo total crece, la inversión publicitaria cae. En 2025 se estima una facturación cercana a los 1.750 millones de euros, un descenso de alrededor del 5-6% respecto al año anterior. La caída se concentra en la televisión tradicional, mientras que el segmento digital (especialmente la TV conectada) crece con fuerza y ya se proyecta por encima de los 170 millones.
El negocio, entonces, no desaparece: se desplaza. Las marcas siguen invirtiendo en video, pero lo hacen cada vez más en entornos digitales, donde la segmentación, la data y la personalización pesan más que el alcance masivo.
En paralelo, el mercado global muestra otro desequilibrio: las grandes tecnológicas concentran más de la mitad de la inversión publicitaria mundial. Este dominio redefine la competencia y obliga a la televisión a repensar su propuesta de valor en términos de contenido, medición y monetización.
El informe deja, en definitiva, una imagen compleja pero lejos de ser pesimista. La televisión no está en retirada: está mutando. Sigue siendo el medio con mayor capacidad de convocatoria, pero ya no es el centro exclusivo del consumo audiovisual ni del negocio publicitario.
El desafío, hacia adelante, no será sostener la relevancia (que aún tiene) sino traducir ese consumo masivo en un modelo económico acorde a los nuevos hábitos. Porque si algo demuestra 2025, es que la batalla no es por la atención: es por cómo monetizarla.